
Nació allá por el año 1920, (más o menos), fue la sexta de ocho hermanos. Al poco de nacer ya se vaticinó (no por galeno alguno) “es tonta, Rosa es tonta”, y así fue por el resto de su vida.
Fue creciendo a remolque de su hermana mayor que es la que cuidaba de todos los más pequeños, pasó una guerra y se hizo moza, ¿qué hacemos con Rosa?. Se le daban bien los muchachos, ayudó a cuidar a sus dos hermanos más pequeños. Su madre le buscó empleo en una buena casa, un matrimonio de maestros tenían una hija paralítica, su misión era cuidarla y lo hizo durante años. Cuando la niña se hizo mayor ella continuó en la casa ayudando en las tareas de limpieza. La querían, a Rosa todo el mundo la quería.
¿Cómo es Rosa? Muy religiosa pese a no provenir de familia creyente, le gustaba vestir con colores alegres, los estampados de flores y en especial el verde, su color preferido, nunca faltó en su vestimenta algo de este color, los anillos, los pendientes…era coqueta a su manera.
Rosa mantuvo en sus brazos a todos los sobrinos, todos los hijos de sus hermanos y hermanas estuvieron bajo su vigilancia. Los domingos era su día libre, acudía muy temprano a misa y por la tarde al cine.
Rosa era mi tía, hermana de mi madre y sexta de ocho hermanos, Rosa era tonta, pero…
El día de reyes puntualmente y sin retraso estaba en todas las casas repartiendo a todas las sobrinas unas cajitas de dulces que son tradicionales en nuestra tierra. Para los muchachos un caballo de cartón.
Fuimos creciendo, era parte de todas las familias pero nos fuimos desperdigando por la geografía de este país, ella quedó allí con su madre y la hermana más pequeña que es la única que no emigró.
Cuando murió mi abuela se quedó sola. Pobre Rosa. Se quedó sin casa, se quedó sin amparo.
Tres hermanas y un hermano, es lo único que le quedaba. Hablaron y decidieron que viviría tres meses en cada casa, repartida en tres provincias.
Aquí empezó la vida viajera de Rosa y el misterio de su maleta, aquella vieja maleta que despertaba la curiosidad de los más pequeños. Apenas entraba por la puerta y depositaba la maleta sobre la silla de la habitación en la que se le habilitaba una cama plegable ya estaban las pequeñas manos rebuscando entre sus pertenencias: estampas de santos de las que le daban al depositar su limosna en el cestillo de la iglesia cada domingo, la última vela del miércoles de ceniza, pañuelos blancos bien planchados, sus mudas de ropa interior, algo verde entre sus vestidos y … su “arradio” un pequeño transistor que llevaba siempre en el bolsillo para escuchar la música de Manolo Escobar.
Me consta que fui la preferida de Rosa. Conmigo pasó más tiempo que con el resto de sobrinos. Cuando me casé le compramos un vestido verde y una chaqueta, a partir de ese día los meses se alargaron, los tres se convertían en un año o incluso más, nadie la reclamaba y así poco a poco se fue quedando con nosotros.
Tenía ideas fijas y costumbres que una vez adquiridas ya nunca dejaba, ella se adjudicó el comprar el pan, la leche o los huevos entre otras cosas.
El domingo continuaba siendo su día de culto, después aparecía con un paquete de churros para desayunar, la televisión sustituyó al cine.
Cuando nacieron mis hijas volvió a tener la responsabilidad de cuidarlas, doy fe de que nunca se cayeron de sus manos y que habría dado su vida por ellas.
Nunca se le olvidó recogerlas o llevarlas al colegio. El día de reyes fielmente les traía la cajita de dulces.
Esta es a grandes rasgos la vida de Rosa.
Un día una trombosis se la llevó vestida de verde.