2016/09/06 | By: Amparo

CLARA (cuento)




Estos días mucha gente retorna de sus vacaciones, las imágenes en las redes sociales parecen una maratón, cuanto más lejos has viajado y mejores fotos has conseguido, más Like’s consigues.

La gente que no viaja, la que no puede hacerlo por cualquier circunstancia, es como si no tuviese historias que contar ni cámara para tomar imágenes, es como si viviesen sin emociones y su vida estuviese vacía. No es cierto, la gente que no viaja o no sale de su reducido entorno a poco que se fije encuentra  imágenes sencillas de la vida cotidiana así como historias que contar.

Había una vez...

Se llamaba Clara, claros eran sus ojos, su cabello también lo era, las canas habían cubierto su cabeza. Todo en ella era claro, su tez, su sonrisa y sobre todo la mirada.

Clara tenía una peculiaridad, una  rareza. Su pelo se hizo blanco a muy temprana edad, a veces lo lucía durante largas temporadas en su color original, otras en cambio sorprendía y sus cabellos aparecían de múltiples colores, un tiempo verde, otro azul, otro amarillo, incluso de varios colores.... el pelirrojo le encantaba. No dañaba su cabello con tanto cambio ya que utilizaba tintes vegetales que ella misma elaboraba con las distintas hierbas que recogía en las montañas cercanas.

Se levantaba temprano, al alba, montaba en su triciclo de colores y se dirigía a un pequeño terreno que sus padres le dejaron en herencia y que cultivaba con cariño, siempre tenía superávit de cosecha y la repartía entre sus vecinos. Pasaba gran parte de su tiempo en aquel huerto, se sentaba a la sombra de un ciruelo y veía discurrir el tiempo, sus claros ojos se fijaban en las aves que volaban en lo alto del cielo e imaginaba que viajaba montada sobre un gran pato que la trasportaba cruzando mares y océanos hasta otros mundos. Su abuelo había estado en Cuba y le contó tan fantásticas historias de la isla que su único deseo era poder verla antes de morir.

Volvía a casa al medio día, descargaba del cesto del triciclo las verduras con las que se sustentaba, nunca comía carne, solamente lo que la tierra le proporcionaba, eso sí, tomaba leche, al atardecer y después de que los últimos rayos de sol se ocultasen tras el cerro se preparaba un buen tazón de leche de cabra con galletas, un pastor vecino se la llevaba diariamente recién ordeñada.

Las chicas y chicos del lugar solían ir a verla algunas tardes a la salida de la escuela, Clara les hacia tostadas con mermelada de ciruela para que merendasen y sentados en el suelo le pedían que les contase historias, entonces ella se aposentaba en su mecedora, reposaba la espalda, cerraba los ojos, suspiraba y dejaba volar su  imaginación.

A veces les contaba historias de Cuba, aquello que le contó su abuelo, describía a la perfección las calles de la Habana, el Malecón, o la majestuosa zona forestal que cubría parte de la isla donde habitaban múltiples animales. Ponía ritmo agarrando unas maracas que su abuelo le trajo como recuerdo y se marcaba unos pasos de Mambo, Chachachá o Rumba.

Las gentes del lugar no tenían constancia de que alguna vez hubiese estado enamorada, nunca se la vio pasear de la mano de ningún mozo. Un día una avioneta surcó los cielos y hubo de hacer un aterrizaje forzoso en las inmediaciones del pueblo, justo en el campo de Clara. No podéis imaginar el enfado, nunca nadie la había visto maldecir ni levantar la voz, que un desconocido caído del cielo estropease sus hortalizas la superó. Pero como después de la tormenta viene la calma y el hombre se comprometió a reparar el mal ayudándola, se calmó.

Durante los días siguientes se les vio juntos a todas horas, a Clara se la veía mucho más feliz que de costumbre, todos pensaron que algo estaba ocurriendo entre ellos, ¿se habría enamorado?. Los chicos y chicas son los que más notaron su cambio, ya no había espacio para ellos, se acabaron las meriendas y las historias de Cuba.

Siete días más tarde, al amanecer, se escuchó el despegar de la avioneta y vieron como sobrevolaba el pueblo por tres veces. En el asiento posterior al piloto se divisaba una silueta con cabellos de color violeta que agitaba la mano en señal de despedida.

Más tarde, ya recuperados de la sorpresa que los había dejado paralizados se dirigieron todos hacia su casa, la puerta estaba abierta y sobre la mesa, debajo de las maracas, un papel con un mensaje de despedida.


El amor llovió del cielo,
viajo a lomo del gran pato
hacia el paraíso de mis sueños,
os llevaré siempre conmigo,
cuidad de mi huerto y de mi casa.

Abrazos para todos, Clara

2 comentarios:

ybris dijo...

¡Cuánta razón tienes! No es necesario ir lejos para quienes tienen dentro la gran riqueza de sus pensamientos, sus sentimientos y toda su vida.
Y, sobre todo la capacidad de contarlo como una historia de final feliz.
Besos.

ybris dijo...

¡Cuánta razón tienes! No es necesario ir lejos para quienes tienen dentro la gran riqueza de sus pensamientos, sus sentimientos y toda su vida.
Y, sobre todo la capacidad de contarlo como una historia de final feliz.
Besos.