2016/08/23 | By: Amparo

Cuento




Entre realidad y ficción. Se me planteó escribir un cuento sobre el miedo y pensé que lo que mas terror puede causar hoy en día a una niña o un niño es la.... GUERRA.





 LA PUERTA NEGRA



El miedo anda  agazapado tras una puerta negra que por las noches se abre y deja escapar monstruos que asustan a los niños y las niñas.



Martina nació en otra época, era un tiempo en que las noches eran siempre oscuras, cuando los últimos rayos de sol se ocultaban tras la loma su madre salía a la puerta de la casa y a gritos la llamaba para que dejase el juego y acudiese rauda, ella siempre se hacía la remolona y esperaba el segundo o tercer aviso en el que ya tenía que salir pitando sino quería recibir una regañina.

El padre lee el periódico bajo los últimos tenues halos de luz, sobre la mesa un vaso de vino y un platillo de olivas negras que siempre toma después de llegar del trabajo y asearse en el agua del palanganero que se encuentra en un rincón de la cocina, la misma agua en la que Martina se lava las manos antes de la cena al mandato de la madre,  después  se sienta  mimosa en las piernas del padre que la colma de mimos y carantoñas.

La madre es una mujer hermosa, grandes ojos, tez morena y pelo largo, sus pequeñas manos de largos dedos han perdido la suavidad que quizás tuvo en otro tiempo, ahora reflejan la huella del tiempo que las ha sometido a la tarea de lavandera en una de las mejores casas de la ciudad. La vida le arrebató a su primer amor y aunque nunca cuenta  lo que supuso este hecho en el fondo de sus ojos se aprecia un pequeño síntoma de tristeza, tristeza que desaparece al contemplar los juegos entre padre e hij
-         
Martina, deja a tu padre que viene cansado de trabajar, pon la mesa que vamos a cenar –
-        
Déjala mujer, ¿no ves que es el momento que mas disfruto del día? Sus risas me hacen olvidar la dura jornada-

Martina es una niña feliz, no le importa llevar siempre el mismo vestido ni que sus zapatos estén viejos. Su madre siempre se acuesta la última, lava el vestido y la muda para a la mañana siguiente levantarse la primera a planchar la ropa y limpiar los zapatos para que Martina luzca limpia como una patena.
Podría asegurar  que a pesar de la pobreza que rodea su vida es una niña feliz,  se siente querida, solamente una cosa ensombrece su dicha, aquella puerta negra que siempre permanece cerrada le aterra, le aterra  el momento en el que su madre le dice:

-         Venga  hija, vete a la cama que a la mañana no hay quien te levante-

-         Solo un poco más madre y ya me voy-

Finalmente no le queda más remedio que hacer caso a su madre y enfilar hacia la única puerta que conduce a la habitación en la que se encuentra su cama un poco alejada de la de sus padres, es un cuarto amplio, en unas de las paredes una hendidura en la pared con estantes de madera simula un armario donde perfectamente ordenada está colocada la escasa dote de la madre, una ventana en otra de las paredes, dos baúles y una silla componen  la estancia. La cama de Martina se encuentra en un rincón  y casi a sus pies aquella tenebrosa puerta negra que siempre permanece cerrada.

Martina cierra los ojos fuertemente intentando dormirse, la tenue luz que le llega de la cocina y el susurro de las voces de sus padres  atenúa su miedo. Es más tarde, cuando el sueño ya la ha vencido y  el silencio de la noche solo se ve truncado por la respiración del padre que Martina se estremece entre las sabanas al escuchar el chirriar de la puerta al abrirse y sentir que  los fantasmas salen y bailan  suspendidos en el aire alrededor  de su cama, después la alzan por los brazos llevándola con ellos  para mostrarle lo que esconde  aquella puerta negra.

La puerta es el acceso a una cueva, los fantasmas depositan a Martina en el suelo y la dejan sola, ella avanza por aquel lugar oscuro y tenebroso,  a pesar del pánico que la invade, camina,  en su recorrido encuentra  personas deformes, muertos vivientes que le tienden la mano demandando  ayuda, a veces es una niña como ella cubierta de heridas, otras un soldado con casco sobre una cabeza de calavera que le pide que se siente a su lado,  una mujer con un niño en brazos que solloza, otras veces el miedo va más lejos y traspasa los límites de la cueva hasta colocarla en el exterior donde el estruendo de una batalla la sorprende y no puede encontrar refugio, la gente corre despavorida, desde el cielo cae una  lluvia maligna  que  estalla al rozar la tierra sembrando un huerto de cadáveres, Martina continua caminando  por encima de cuerpos maltrechos que se aferran a sus piernas  en un intento vano de salvarse de la masacre, del horror, del miedo y de la muerte. Mira por todos lados buscando su casa, el paisaje es desolador,  solamente ve escombros y fuego, quiere gritar, llamar  a su madre para que la ayude.  Su garganta se niega a emitir sonido alguno y no la encuentra por ninguna parte.

Quiere regresar a su casa,  el camino se ha borrado, solo hay restos de viviendas humeantes a su alrededor, ya no ve gente, todos han desaparecido, en la lejanía un perro aúlla lastimosamente.

Agotada y muerta de miedo se sienta sobre unos escombros, esconde el rostro entre sus manos y en silencio solloza.

Una mano se posa en su hombro:

-         Martina, cariño, despierta-

Martina despierta sobresaltada, su madre está a su lado, le besa la frente y la anima para que despierte y olvide la pesadilla que ella bien sabe que sufre, son recuerdos que difícilmente podrá olvidar.

Aquella puerta simboliza para Martina el miedo, el miedo atroz que producen las guerras en las que los niños y niñas son víctimas inocentes que pagan un alto precio sin merecerlo.


Sobre la mesa de la cocina le espera un gran tazón de leche y galletas, la ropa lista en el respaldo de una silla y la palangana al lado para que se asee. 

Después tomará el camino de la escuela donde olvidara el miedo y aquella puerta negra.

1 comentarios:

ybris dijo...

Excelente cuento, Amparo. No hay mayor miedo que a lo real, a lo que puede sucederle a uno o a otros como nosotros. Todos los días la televisión se comporta como la estancia siniestra que nos trae una terrible realidad.
Menos mal que los cercanos nos recuerdan otra realidad más soportable.