2016/10/22 | By: Amparo


Hoy cumple años Adrià, mi nieto, su madre, mi hija, me dijo hace unos días que le escribiese un cuento, pase todo el día pensando que podía escribirle, son muchas las anécdotas que tengo en mi cabeza, es un chico parlanchin  que no para ni deja parar. Siempre le decimos que vino de Cuba, que sus padres estuvieron  allí lo encargaron y que llego sin saber nadar, su tez morena y sus grandes ojos hacen creíble su procedencia.

Es ya un poco mayor, cumple 11, pero pensé que esta seria una buena historia para escribirle el cuento que Carmen me había pedido, esto es lo que salio:





 Adriancito, el niño que vino de Cuba.

Adriancito llegó un día de Cuba, nadie se explica cómo pudo hacerlo, pero braceó y braceó hasta llegar a la costa de Valencia, atravesó la Albufera subió por el canal que lleva a Catarroja y allí, en el pequeño puerto, sentados en el restaurante de casa Baina, le esperaba la que a partir de ese momento sería su familia, sus abuelos sus tíos y tías, el tito Valentín, que nunca se pierde ningún acontecimiento importante, y dos personajes que tienen una gran relevancia en este cuento, su mamá y su papá. Ellos fueron los que hicieron el pedido ilusionados para que Andriancito viniese a vivir a este país junto a ellos.
Llegar hasta Catarroja no fue fácil, Adriancito pasó nueve meses entre océanos de aguas turbulentas donde se enfrentó a terribles tiburones y tormentas tropicales que lo zarandeaban entre grandes olas. Una de las veces, en las que ya estaba exhausto de tanto nadar y nadar y parecía que nunca alcanzaría la meta, un delfín hizo de barca, y raudo y veloz lo acercó a una pequeña isla donde a base de frutas tropicales se repuso y pudo continuar rumbo a su destino.
Reanudó la marcha después de unos días descansando tranquilamente panza arriba en una playa de suave arena blanca y … ooooh ….. ¡sorpresa!, casi se muere del susto cuando del fondo de las aguas surgió una gigantesca isla que lo elevaba y un surtidor de agua le bañaba su pequeño cuerpo. Abrió Adriancito sus grandes ojos y consultando el libro de instrucciones que llevaba prendido en uno de sus piececitos comprobó que se trataba de una ballena, unos seres amables y cariñosos, y a pesar de su gran tamaño sabía que nada tenía que temer. Se aferró fuertemente a una de sus aletas y le dijo hacia dónde se dirigía, la ballena le contestó que ella le ayudaría para que pudiese llegar a tiempo, si no llegaba en la fecha prevista su familia se cansaría de esperar y esperar, y esperando y esperando en aquel bar del puerto de Catarroja comerían y beberían tanto que igual hasta se dormían y no lo veían llegar.
  • No te preocupes Adriancito - dijo la ballena - llegarás, te dejaré en el estrecho de Gibraltar, es un lugar tan estrecho que no puedo pasar por él, me quedaría encallada entre los pilares, lanzaré un aviso acuático para que al otro lado del estrecho te espere una tortuga marina,  sobre su caparazón viajarás cómodo y te dejará en la costa.-
Y así fue y así pasó. Llegaron a la puerta de las columnas de Hércules, allí recostada sobre ellas se encontraba ya la simpática tortuga toda sonriente, esperando al viajero. Adriancito montó sobre ella y le fijó el rumbo que tenía que seguir. Y es que además del libro de instrucciones, en su muñeca derecha, llevaba una brújula. Y menos mal, porque la tortuga era un poco despistada y no sabía bien por dónde tenía que ir.
- Sube pequeño, que te llevo al oeste - le dijo
- ¡NO, NO! - le gritó preocupada la ballena - ¡¡¡¡AL ESTEEEE!!!!
- Voy volando hacia el Este - contestó la tortuga planeando sobre las aguas.
Divisaron la costa de Levante, la tortuga le dijo que se apease cuando ya estaban en la arena de la playa del Saler, allí mismo, a la entrada de la Gola de Puçol Adriancito montó sobre una carpa que estaba distraída y la tortuga le pidió que lo llevase hasta la Albufera.
Fue cuestión de segundos lo que tardaron en llegar hasta el lago, y entonces, en el centro del lago un pescador desde su barca lanzó el anzuelo justo cuando pasaban cerca. La carpa caprichosa no pudo resistirse a la tentación de tan suculento bocado y ¡zas!, la carpa y Adriancito acabaron en el fondo de la barca.
El barquero sorprendido, tomó al bebé en sus brazos, no daba crédito a lo que sus ojos veían, en cuarenta años de pescador nunca había visto algo semejante, entonces reparó en aquella libretilla diminuta que llevaba atada al pie, menos mal que tenía muy buena vista y pudo leer las también diminutas instrucciones para así comprobar cuál era su destino, y es que apenas quedaba tiempo para la hora de llegada.
Raudo y veloz devolvió la carpa al agua, puso en marcha el motor y enfiló a toda vela canal arriba en dirección al puerto de Catarroja.
Allí, en el embarcadero se divisaba un grupo de personas que miraban  impacientes el canal.
El barquero con mucha tranquilidad amarró su barca, tomó a Adriancito entre sus brazos y preguntó.
  • ¿Quienes son los papás de este hermoso cubanito?
  • ¡Nosotros, somos nosotros!
La mamá lloraba de alegría, el papa temblaba de emoción.
Carmen y Rafa, que así se llamaban, se adelantaron hacia la barca y el pescador puso a Adriancito en brazos de su mamá.
El resto de la familia se empujaban entre ellos, todos querían ver a aquel Adriancito que llegaba de Cuba sin saber nadar.
Boquiabiertos se quedaron todos cuando los miró con sus grandes ojos y dijo señalando con su dedito…. ¿Eso que “eh”?

Y COLORÍN COLORADO, ESTE CUENTO… AÚN NO HA ACABADO

1 comentarios:

ybris dijo...

Lo bueno de este cuento es el abrazo con que se da forma a su acogida. Bonito el refugio de los brazos que le reciben.
Besos a la mejor de las abuelas.